Sin que nadie me lo pida

En Búzios, de vacaciones, Ricardo Allel queda atrapado en un festival de motos frente a su ventana. Sin señal para mandar una foto, se sorprende calculando mentalmente dónde pondría antenas para cubrir un evento que nadie le pidió resolver.

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Sin que nadie me lo pida

Esta semana había decidido no escribir, pero acá estoy. En medio de mis vacaciones no pude dejar de ponerme frente al computador y compartir también una vez más pero desde otra frecuencia y lo hago porque te quiero contar que, incluso en vacaciones, hay mucho de qué hablar.

A esta altura del año uno puede hacer algunos balances o, por lo menos, un ajuste de energías. 2026 ha venido intenso, entre ARMATEC, SINATRA, ELEVATEC, proyectos nuevos y una recta final que se viene especialmente cargada, así que necesitaba salir un rato y ordenar la cabeza. No pensaba en vacaciones largas ni en una desconexión espiritual, solo en unos días para cambiar de aire. Por eso elegí Búzios.

Llegar desde Río no es bajarse del avión y caminar dos cuadras, así que el viernes 28, después del vuelo y un Uber que pareció eterno, lo único que quería era llegar a la posada. Pero a medida que nos acercábamos algo empezó a no calzar.

Había más gente de la que recordaba, calles cortadas, el Waze completamente rojo y motos por todas partes. Le pregunté al conductor qué estaba pasando y me explicó, en ese portugués-español que uno termina entendiendo igual, que ese fin de semana se realizaba el Búzios Biker Fest, un encuentro de motociclistas que llegaban desde distintos puntos de Brasil y Sudamérica. Cinco minutos después me avisó que la policía había cortado la calle y que tenía que bajarme ahí mismo. Terminé caminando con las maletas hasta la posada, y ahí entendí la ironía completa del viaje. Había recorrido horas buscando tranquilidad para terminar alojado, sin saberlo, justo frente al escenario.

Viernes, sábado y domingo fueron motores, escenario y música hasta tarde, con miles de personas cruzando frente a mi ventana. Mi primera reacción fue bastante simple, pensé qué mala cuea. Pero apenas empezaron a tocar las bandas cambié de parecer. Sonó AC/DC, Metallica, Creedence, rock brasileño y covers bastante mejores de lo que esperaba, y ahí pensé que la tragedia no era para tanto. Si de todas formas iba a tener un festival de motos enfrente durante tres días, al menos habían tenido la decencia de poner buena música.

El sábado desperté tarde, y cerca de las cuatro la fiesta ya se estaba armando otra vez al otro lado de la ventana, así que terminé cediendo y crucé la calle. La entrada tenía un detalle que me gustó bastante, porque se ingresaba aportando un kilo de alimento. Adentro había motos espectaculares, Harley-Davidson, Triumph, máquinas que ni siquiera sabría nombrar, cada una impecable y exhibida con orgullo por su dueño. Ahí confirmé algo que siempre me ha dado risa de los motoqueros. Tienen una pinta que te hace cruzar la vereda para no encontrártelos, y apenas hablas con ellos resultan bastante más cariñosos de lo que parecen. Me compré una cerveza y me quedé mirando.

En algún momento quise mandarle una foto a mi grupo de amigos con los que juego fútbol en Santiago, para sacarles pica con la escena, pero cuando la envié no pasó nada, la señal estaba pésima. Y ahí, sin darme cuenta, se acabaron mis vacaciones. No fue por una llamada de Chile ni por una emergencia. Fue simplemente por mi culpa.

En vez de guardar el teléfono, putear al aire en contra de la señal y seguir tomando la cerveza como una persona normal, empecé a mirar alrededor, preguntándome, analizando el entorno.

Cuánta gente había, cuántos estaban transmitiendo en vivo, los puestos tratando de subir contenido con la misma señal pésima que yo. Después miré los espacios libres, las estructuras, las alturas, y mi cabeza, sin que se lo pidiera, se hizo la pregunta de siempre, ¿y si esto se podía resolver de otra manera? Ahí podría ir un punto, pensé, y allá otro, y con un par de puntos 5G bien puestos esto se resolvía fácil.

Me pillé mirando un evento y resolviendo un problema que nadie me había pedido resolver como si alguien me hubiera contratado para diseñarle la cobertura, y me dio risa. Estaba en Brasil, con una cerveza en la mano, escuchando rock, en un país donde nadie sabía quién era yo. Nadie me había llamado, nadie tenía un problema conmigo, no era mi problema. Y sin embargo ya estaba tratando de resolverlo.

Me acuerdo de haber pensado algo parecido a “ya, relájate, tómate la cerveza”, y eso hice… por un rato.

Porque me quedó dando vueltas otra cosa. No el cómo mejorar la conectividad de un festival de motos, de eso ya he escrito bastante en columnas sobre eventos masivos e infraestructura. Lo que realmente me interesó fue entender por qué mi cabeza había hecho eso sola, por qué hay fricciones que uno nunca alcanza a ver y otras que empiezan a molestarte aunque no tengan nada que ver con uno.

El lunes 31 ya estaba yo frente al computador, mirando el mismo lugar donde hasta el día anterior hubo motos, puestos y música, y donde sólo quedaban las tareas propias de desmontar todo. De a poco Búzios volvió a parecerse al lugar tranquilo al que creía que venía el viernes, así que pude descansar por fin.

La foto al final logró subir, la cerveza estaba buena y la música también, aunque sigo sin entender del todo por qué, estando de vacaciones, terminé calculando mentalmente dónde pondría antenas en un evento que nadie me pidió resolver.

No era mi problema. Y aun así terminé el fin de semana resolviendo, en mi cabeza, la cobertura de un evento que se iba a desarmar el lunes, con la misma seriedad que si me lo hubieran encargado. Ahí es donde empiezan las cosas que después se vuelven reales, en la incomodidad que uno no pidió y que, de todas formas, no logra soltar.

*Artículo publicado originalmente el 2 de septiembre de 2026 en el Boletín Armatec de LinkedIn