Se vende internet, preguntar al lado
Starlink abrió una lista de espera para que cualquiera revenda su señal por hora.
Starlink abrió una lista de espera para que cualquiera revenda su señal por hora. Falta saber quién se queda con el cliente, y la respuesta depende de la altura desde donde se mire.
Tengo la sospecha, después de años mirando cómo se anuncian las redes, de que toda promesa de conectividad se escribe en una oficina y al final se cumple arriba de un techo. Entre una cosa y otra queda un trabajo que nunca aparece en el comunicado... alguien tira el cable, realinea la antena después del temporal, paga la luz del router y recibe el reclamo cuando la señal no da. Cada vez que una empresa anuncia que va a descentralizar el acceso, lo primero que busco es a esa persona y cuánto le van a pagar.
La idea de esta columna partió de un post en LinkedIn. Alejandro Arbelaez, consultor en riesgo y cumplimiento, escribió sobre el nuevo programa de Starlink que paga a sus usuarios por compartir internet con los vecinos, y cerró con una pregunta que me quedó dando vueltas: “¿Quién controla la relación con el usuario final?”. Su apuesta es que cada vez más la respuesta es Starlink, y que el golpe lo van a sentir los operadores tradicionales en zonas rurales, mineras y amazónicas donde la fibra no paga.
Mi respuesta es otra, porque desde el directorio de una telco se ve una pelea y desde la calle se ve otra.

Lo que hay hasta ahora es un formulario (donde aparece el tipo muy entusiasmado en instalar la antena). Y ojo que Starlink abrió una lista de espera para la beta de un programa de anfitriones, que consiste en que alguien compra un kit, lo instala donde haya varias casas cerca y los demás compran pases por hora, día, semana o mes. La empresa crea las cuentas, cobra, controla el acceso y mantiene el enlace satelital, y al anfitrión le toca elegir el lugar, poner la electricidad y hacer la mantención básica. La página no informa el precio de los pases, ni la comisión, ni la fecha de partida. El formulario, en cambio, le pregunta al postulante cuánto cree que pagaría la gente por un pase, en moneda local. La empresa que va a cobrar todavía no fija la tarifa y le pide al vecino que la adivine.

Bien. Ahora volvamos al post de LinkedIn.
En los comentarios de la publicación apareció algo interesante y que es precisamente lo que el anuncio calla u omite. Como siempre, los comentarios suelen tener carne real. Una persona que firma desde el Ministerio de Transportes y Comunicaciones del Perú contó que en los conos de Lima el negocio ya existe y que un usuario contrata una cantidad de megas y se los revende a los vecinos por conexión. Por su parte un ingeniero de telecomunicaciones respondió desde Colombia que allá Starlink estaría legalizando algo que mucha gente ya hace, en zonas apartadas y en barrios urbanos a los que cuesta entrar. Otro comentarista lo dijo sin anestesia (y con cierta poesía): "para andar vendiendo Internet o comprarle Internet a un vecino es porque ambos son re pobres" es decir, el que le compra internet al vecino lo hace porque no le alcanza para más, y el que vende tampoco anda sobrado.
El microoperador que Arbelaez ve nacer lleva años trabajando en negro, y Starlink lo tenía identificado. Sus términos de servicio en Kenia, por ejemplo, prohíben revender acceso sin autorización de la empresa. Lo nuevo es la autorización, con letra chica incluida. El vecino que antes ponía su propia tarifa pasa a cobrar a través de Starlink una comisión que nadie conoce, y los datos de cada cliente quedan en una cuenta de la empresa. A ras de suelo, la relación con el usuario final se la quitan al revendedor del pasaje mucho antes que a Entel.
En Chile, además, la pelea entre Starlink y las telcos tiene poco de pelea. Desde noviembre de 2025 Entel ofrece junto a Starlink cobertura satelital directa al celular en zonas sin señal terrestre, que partió con mensajes de texto y hoy suma algunas aplicaciones, y en abril de este año el Diario Oficial registró a Starlink Chile SpA con 2,659% del mercado de internet fijo, en la misma lista que Telefónica y VTR.
Lo que Chile sí tenía era otro libreto para ese vecino. Cuando entró en vigencia la ley que declara internet como servicio público, en julio de 2024, el ministro Juan Carlos Muñoz anunció que vecinos de zonas rojas y sectores rurales alejados podrían autoabastecerse con cooperativas de internet. La ley dejó abierta la figura de las comunidades de telecomunicaciones, que con un permiso de servicio limitado podrían vender acceso a sus propios usuarios, y amarró su existencia a un reglamento que debía dictar la autoridad. En 2025 Subtel sacó el borrador a consulta pública, y entre quienes respondieron estuvo Entel, el mismo socio chileno de Starlink.
Entre el revendedor de los conos y la comunidad de la ley, el anfitrión de Starlink ocupa un lugar, sino incómodo, al menos áspero. Tiene la legalidad que le falta al primero y ninguno de los derechos de la segunda. Pone el techo, la escalera, la luz y la paciencia, y cuando el pase semanal no alcance para que el cabro chico mande la tarea, la vecina no le va a escribir a SpaceX. Va a cruzar a golpear la puerta de al lado.
Eso sí, y para ir cerrando, siento que queda una pregunta para el regulador chileno, menos vistosa que la de Arbelaez y pariente de ella, y que tiene que ver con qué pasa si un vecino que vende pases de Starlink necesita un permiso propio o queda colgado de la concesión de la empresa. De esa respuesta depende si el anfitrión es un pequeño operador con derechos o un trabajador de terreno que además paga la luz.
Al final de cuentas sabemos que en el final del proceso de cualquier red siempre hubo alguien con una escalera. Esta vez la pone el vecino, y lo primero que le pregunta Starlink es cuánto cree (supone o intuye) que vale su trabajo.