08.- Llegó la hora de los quiubos

Octava y última entrega de la temporada: Ricardo Allel descubre que, en sus siete historias anteriores, siempre fue otro quien sabía lo que él necesitaba saber. De ahí nace la pregunta que abre la segunda temporada: qué pasa cuando esa persona ya no está.

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08.- Llegó la hora de los quiubos

Este 2026 ha sido sin duda un año intenso en muchos sentidos, y en lo personal mi año corrido ha sido movido y vertiginoso en muchos sentidos porque estos 365 días han sido de cambios, de apuestas, de éxitos, de vuelos y de reinicios. Un año de esos que uno prefiere mirar recién cuando ya pasaron. Y ahora, mirando en retrospectiva puedo decir que “Me llegó la hora de los quiubos”.

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Hace más de un año tomé una decisión bastante rara para estos tiempos. Quería alejarme un poco de las pantallas, de la bulla de los medios digitales y de esa sensación de que siempre hay algo nuevo que mirar, una noticia que revisar o una inteligencia artificial que promete cambiarlo todo antes de que uno alcance a entender lo anterior. Necesitaba bajar la velocidad, así que empecé a leer más. Leer me obligaba a quedarme quieto y a seguir una idea durante varias páginas sin cambiar de ventana, algo que ya casi no hacía. Después vino algo que me pareció todavía más raro, que fue ponerme a escribir.

No tenía experiencia ni sabía muy bien de qué escribir, así que partí por lo único que conocía, las torres, los andamios, los clientes, los errores y la gente que se me había ido acumulando en veinte años trabajando en telecomunicaciones y diecisiete construyendo ARMATEC. Así nació este Boletín. Al principio eran columnas sueltas. Después algunas empezaron a conversar entre ellas, y en algún momento decidí escoger ocho para tratar de entender una parte de lo que había pasado. Esta es la octava, y al llegar hasta acá me pasó algo que no esperaba. Pensé que estaba escribiendo sobre ARMATEC y después creí que escribía sobre cómo habíamos aprendido. Y sin embargo lo que hacía era bastante más simple, y también más importante. Estaba tratando de dejar por escrito lo que alguien sabía.

Cuando miro las ocho historias juntas aparece gente por todas partes, más de la que yo recordaba, y eso me pega. Uno tiende a contar su vida poniéndose al centro, pero cuando empecé a escribir con detalle me pasó lo contrario. En muchas de las historias importantes yo no era el que sabía. Alguien sabía algo que yo no, y casi siempre estaba justo donde yo no estaba.

En la entrega 31 conté de una experiencia en que Joel estaba en la montaña y yo no. El pronóstico decía que todo iba bien, él miró cómo se movían los animales y me llamó para decirme "Jefe, la montaña cambió el olor". También he hablado de como durante la pandemia yo podía ofrecer certezas y prometer que nadie perdería su trabajo por quedarse en su casa, pero la decisión de salir la tomó una cuadrilla en el patio con un "Ya… a los camiones". O cuando en Punta Arenas un colectivero me explicó en una frase lo que el viento le hace a la gente de esa ciudad. La señora Juanita sabía cómo entrar a sitios que en el papel tenían el acceso resuelto, don Jaime González sabía de llaves, Tío Víctor reconoció una estructura que yo había visto en televisión sin saber cómo se llamaba y los Corvalán sabían trabajar arriba. Y en enero de 2009, mientras yo hacía como que trabajaba frente a un computador de Ericsson, todo lo que supe de lo que pasaba a veinticuatro metros de altura me llegó por teléfono, hasta que escuché "El AN097 Nicolás Tirado está montado".

Visto así casi parece una ironía. Llevo veinte años en telecomunicaciones y terminé escribiendo una serie entera sobre personas que me transmitían información desde lugares donde yo no estaba. Quizás siempre hablamos de lo mismo. Alguien sabe algo que otro necesita saber, y entre los dos hay una distancia que hay que conseguir atravesar. Arturo, que me ha acompañado editando esta serie, fue el primero en notar que muchas de estas historias ocurren justo cuando quien decide está lejos de quien sabe. Yo necesité ocho columnas para verlo.

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Cuando ARMATEC empezó no existía una escuela para lo que hacíamos. Había buenos montajistas, gente acostumbrada a la altura, normas y materiales, pero nosotros estábamos llevando todo eso a un problema distinto, técnicos trabajando a treinta o cuarenta metros sobre una estructura que además de sostenerse tenía que darle confianza a quien iba a poner su vida encima. Partimos con cuatro personas montando las primeras estructuras multidireccionales, con una modulación que venía de alguien que tampoco había diseñado nunca algo así, que era yo. Ellos llevaron el dibujo al terreno y funcionó. Vino otro sitio, y otro, y en algún momento apareció algo que entonces no entendíamos del todo. La única persona capaz de enseñarle al siguiente montajista era alguien de ARMATEC que ya lo hubiera hecho. Esa fue nuestra primera escuela, sin edificio ni profesores. Alguien aprendía algo arriba, bajaba y se lo enseñaba al que venía, de cuadrilla en cuadrilla y de error en error.

Durante diecisiete años estuve rodeado de gente así. Nuestro trabajo siempre consistió en que pudieran hacer cosas muy difíciles sin tener que arriesgar la vida para lograrlo, en que subieran, resolvieran el problema y bajaran para volver a su casa. Eso es todo, y es muchísimo.

Hubo un tiempo en que yo le podía decir a alguien "tranquilo, está calculado, no se va a caer". Pero a cuarenta metros del suelo esa frase no basta. La confianza ahí se construye con cálculo y con procedimientos, con alguien que montó bien y otro que revisó, con alguien que tuvo el valor de parar y con un error de hace años que nadie dejó que se repitiera. Y con la certeza de que quien diseñó la estructura pensó también en la persona que un día iba a estar arriba.

Quizás por eso hay un número que todavía me cuesta mirar sin emocionarme. Cero fatalidades. Lo he dicho muchas veces, pero después de escribir esta serie ese cero dejó de parecerme un dato corporativo. Tiene nombres y decisiones detrás, miles de actos pequeños de gente que enseñó, que corrigió, que se equivocó y después hizo las cosas de otra manera, de alguien que dijo que no y de otro que encontró una forma mejor. Ese cero pertenece a todos los que alguna vez hicieron bien su parte, y a mí me toca apenas un pedazo.

Tío Víctor ya no está, el Gato Guerra tampoco, y escribir sobre ellos deja una sensación extraña. Uno se da cuenta de todo lo que nunca preguntó, de las conversaciones que parecían poco importantes porque siempre iba a haber otra oportunidad, de las cosas que alguien hacía sin pensar porque llevaba veinte años haciéndolas. En todas las empresas he escuchado la misma frase, "pregúntale a él, él sabe". Hace tiempo que me molesta pensar qué pasa cuando él ya no está.

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En estos años aprendimos una cantidad absurda de cosas. Aprendimos con lluvia, con nieve y con viento, a seguir a caballo cuando se acababa el camino, a mirar un cerro, a mover cuatro toneladas donde parecía imposible y a entender que un permiso no sirve de mucho si nadie sabe quién tiene la llave. Aprendimos incluso cosas tan poco elegantes como trabajar con jotes instalados arriba de una estructura y terminar cubiertos de mierda de pájaro, porque igual había que terminar la pega. Eso también es infraestructura crítica, y casi nunca tiene nada de épico. Es incómoda y a veces ridícula, pero deja conocimiento. Una parte quedó en procedimientos, planos, cálculos, fotos y correos, y una cantidad enorme quedó simplemente dentro de alguien.

Para escribir estas columnas tuve que volver atrás, llamar gente, buscar fotos, abrir correos viejos y revisar fechas. Tuve que contradecir mis propios recuerdos, aceptar que algunas historias que llevaba años contando no habían pasado como yo creía y decir dos frases que no siempre salen fáciles, "no sé" y "no me acuerdo". Una empresa no puede construir su futuro solo sobre las personas que todavía alcanzan a recordar.

En la primera entrega escribí que perder las telecomunicaciones era quedarse sin saber. Hablaba de la señal y de no saber dónde estaba alguien después de un terremoto. Esa misma frase aplica también a una organización, que puede quedarse sin saber tanto como una persona. Le pasa cuando se va quien conocía el problema, cuando una experiencia nunca quedó registrada, cuando un error se corrige una vez y el equipo siguiente tiene que volver a aprenderlo, cuando todo depende de encontrar a la persona correcta y preguntarle si se acuerda de cómo lo hicimos la última vez. Durante veinte años nuestro trabajo fue ayudar a comunicar personas. Ahora tenemos otro problema, que es conseguir que la experiencia también viaje y siga disponible cuando quien la aprendió ya no esté.

Y justo cuando empiezo a entender esto, el mundo vuelve a cambiar. Inteligencia artificial, automatización, sistemas capaces de encontrar relaciones en cantidades de información que ninguna persona alcanzaría a revisar, empresas y trabajos cambiando a una velocidad brutal, y la sensación de que cuando uno termina de entender algo ya apareció otra cosa. Me produce ansiedad, y la siento en el cuerpo, en la guata y en el pecho. Hay momentos en que miro todo esto y pienso "cresta, no sé nada".

Por eso quiero decir algo con claridad. La inteligencia artificial no creó la inteligencia que hay en ARMATEC. Llegó después de Joel y de Tío Víctor, después de los primeros montajistas y del Gato, después del viento, la nieve y miles de sitios, de decisiones que salieron bien y de errores que dolieron. Encontró ese conocimiento disperso, y lo que puede hacer ahora es ayudarnos a juntarlo, a descubrir que cinco problemas que parecían distintos tenían el mismo origen y a convertir experiencia en criterio, y después criterio en un procedimiento mejor o en una decisión más rápida. Puede ayudarnos a no perder lo que ya sabemos.

A eso me refiero cuando hablo de Infraestructura Crítica Inteligente. Personas que trabajan con datos, con ingeniería, con experiencia y con procedimientos, más esa cosa que después de suficientes años en terreno uno termina llamando guata, todos funcionando juntos para que la próxima decisión sea mejor que la anterior. Una infraestructura se vuelve inteligente cuando la gente que trabaja alrededor de ella es capaz de aprender, y eso no se consigue poniéndole sensores a una torre.

Parte de esa búsqueda está tomando forma en SINATRA. No voy a explicar software acá, porque todavía no es lo que más me importa. Lo que me importa es cómo hacer que lo que alguien aprendió arriba de una torre le sirva a otro antes de que tenga que aprenderlo de la misma manera, y que el criterio de quien está en terreno llegue a tiempo a quien tiene que decidir. Dicho de otra forma, cómo conseguimos que doce mil montajes sean algo más que doce mil recuerdos. No tenemos la respuesta completa, y por primera vez me parece entretenidísimo poder decirlo.

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Estas ocho historias tenían final. Cuando las escribí ya sabía qué había pasado con la pieza de acero, con la montaña, con la pandemia, con el sitio que no se pudo ejecutar y con el primer andamio, y podía mirar hacia atrás y encontrar sentido donde en su momento hubo puro desorden. Lo que viene no va a ser así. Hay cosas que estamos construyendo y probando ahora, hipótesis que pueden funcionar y otras que probablemente el terreno va a destruir sin ninguna consideración por lo bonita que se veía la presentación. Esta vez quiero estar escribiendo cuando eso pase, y no diecisiete años después.

Empecé a escribir para bajar el ruido, y en el camino descubrí que en realidad estaba tratando de escuchar. Escuchando encontré veinte años de personas enseñándome cosas. Algunas siguen aquí y otras ya no están, pero una parte de cada una quedó en una manera de montar, en una advertencia, en una forma de mirar una montaña, en el criterio de alguien que un día lo aprendió de otro.

Esta historia nunca fue solo mía. Hay técnicos, ingenieros, clientes, académicos y jefes de grupo que estuvieron donde yo no estuve y que saben cosas que yo nunca voy a saber. Por eso estas historias necesitan una casa, un lugar donde puedan quedarse y donde otras voces empiecen a contar las suyas. Una historia puede empezar con una persona, pero el conocimiento rara vez le pertenece a una sola.

Después de veinte años en telecomunicaciones y diecisiete construyendo ARMATEC podría cerrar diciendo que por fin aprendí cómo se hace. Sería una linda manera de terminar, y también sería mentira. El mundo cambió de nuevo y otra vez estoy parado frente a algo que no entiendo del todo, con el pecho apretado y el corazón acelerado. Pero conozco esta sensación. Hace diecisiete años dije que podía resolver un problema, me dijeron que sí y recién ahí descubrí que todavía tenía que averiguar cómo cresta lo iba a hacer. Tenía un cuaderno cuadriculado, una idea que no sabía si iba a funcionar y un par de personas confiando en que íbamos a encontrar la manera. El miedo me aprieta la guata y me quita el sueño, pero sé que rara vez me detiene. Lo que viene después es curiosidad, ganas de entender, de dibujar y de probar hasta que aparece algo que antes no estaba. Creo que ARMATEC nació ahí.

Detrás quedan miles de sitios, errores, datos y amigos, y gente que me enseñó cosas que en ese momento ni sabía que estaba aprendiendo. Empezamos desde todo lo que ellos nos dejaron, no desde cero.

No conozco todavía la respuesta, y esta vez tampoco quiero fingir o suponer que la conozco. Quiero buscarla, equivocarme y volver a intentarlo, y por primera vez quiero escribir la historia antes de saber cómo termina.

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*Artículo publicado originalmente en el Boletín Armatec de LinkedIN