07.- Cero en las cuatro patas

Enero de 2009: un trabajador cae de un andamio, 22 metros de altura, y los sitios de telecomunicaciones quedan paralizados. Ricardo Allel ve la solución en la gradería de un reality show y la calcula en un cuaderno cuadriculado. Así nace ARMATEC.

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07.- Cero en las cuatro patas

A comienzos de enero de 2009 las oficinas de Ericsson estaban casi vacías. A la gente de planta le daban unos días alrededor de Año Nuevo y muchos los alargaban con vacaciones. Los subcontratistas no teníamos ese privilegio, así que seguíamos trabajando mientras otros cargos quedaban cubiertos por quien estuviera subrogando esa semana.

Yo tenía 27 años. Trabajaba físicamente dentro de Ericsson, en el proyecto 3G de Entel, aunque contractualmente pertenecía a SIRTECOM. Coordinaba accesos, site surveys, los as-built de los sitios que iban cerrándose. Había aprendido algo que hoy parece obvio. Una red no existe solo en las antenas, los equipos o los planos. Existe también en la posibilidad física de llegar hasta ellos.

Con el 3G empezaron a aparecer los monopostes camuflados (palmeras, árboles, estructuras diseñadas para que una antena dejara de parecer una antena) y al resolver el problema visual quedó pendiente uno más básico: ¿cómo subía el técnico? Para eso se usaban los andamios de siempre, los que uno conoce como andamios de pintor. Técnicamente, de marco y cruceta. Los conocía desde antes de entrar a telecomunicaciones; mi abuelo tenía uno y ahí me rompí la cabeza la primera vez, jugando arriba, como a los ocho años. Recuerdo haber pensado que me iba a morir. Digo "la primera" porque después vinieron varias más.

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Andamios antiguos "de pintor" que se usaban en esa época

Años después esos mismos fierros rodeaban monopostes de veinte, treinta metros. El técnico subía por una escalerilla exterior, expuesto, enganchándose mientras avanzaba. Los había visto en fotografías. En surveys. En as-built. También alguna vez en terreno. Eran incómodos y precarios para ese uso. Pero era lo que teníamos, hasta que un trabajador cayó mientras subía por esa escalerilla, desde una altura cercana a los 22 metros.

Yo no estaba en el sitio. Nunca tuve acceso a la investigación completa y, como contratistas, rara vez nos llegaba información precisa sobre los accidentes en esos años. No sé exactamente por qué cayó y no quiero inventarlo diecisiete años después. Lo que sí recuerdo es lo que vino después: SEREMI, Dirección del Trabajo, los trabajos paralizados. Había muerto una persona y la forma en que estábamos accediendo a esas estructuras ya no podía seguir igual. El problema era que las antenas seguían ahí y los sitios seguían pendientes.

Uno de los que cubría funciones esas semanas era Canito, subrogando al gerente de compras. En algún momento el problema llegó a mí, más o menos así: "Ricardo, veamos qué podemos hacer." No hubo reunión de innovación ni mesa de desarrollo. Había sitios detenidos y ya no teníamos cómo subir.

Durante una o dos semanas busqué cualquier alternativa que se me ocurriera. Pregunté dentro de Ericsson, pregunté a contratistas, revisé alzahombres, llegué a cotizar un helicóptero. Hoy suena absurdo; en ese momento no tanto, porque detrás de esos sitios había inversiones enormes y la urgencia pesaba más que el costo. Pero trabajar con un helicóptero sobre ciudad, encima de antenas y equipos, tampoco era razonable. Seguíamos sin respuesta.

Hasta que una noche me topé con un reality (nunca estuve seguro de cuál, durante años pensé que era La Granja, hoy creo que pudo ser 1810) y vi algo debajo de la gradería donde se sentaban los concursantes: una estructura metálica hecha de piezas que se repetían. No sabía cómo se llamaba. Pero entendía una cosa. Aquello estaba modulado.

Llamé a Tío Víctor, constructor civil y con experiencia en sitios de telecomunicaciones. Le describí lo que había visto. No conocía el sistema en detalle, pero me dijo que se usaba en minería, sobre todo en el norte. Empecé a buscar. Aparecieron Layher y PERI. Cotizaciones, información, el nombre del sistema: andamio multidireccional. También entendí rápido que para mí era carísimo. Llamé a Kelo, un amigo gerente en una constructora, para tener otra referencia de costos. Tampoco era barato.

Así que pensé lo que probablemente no habría pensado con más experiencia. ¿Y si lo hacíamos nosotros? No tenía empresa, no tenía material, no tenía montajistas, nunca había armado un multidireccional y seguía trabajando dentro de Ericsson. Pero la posibilidad estaba ahí.

Volví a llamar a Tío Víctor y le pregunté si conocía gente capaz de montar y trabajar a esa altura. Conocía a los hermanos Corvalán, que armaban torres de telecomunicaciones y también andamios tradicionales. Nunca habían tocado un multidireccional, pero sabían trabajar arriba. Después apareció Tío Jaime, que tenía algo que a mí me faltaba por completo, cuenta corriente y chequera. Yo ganaba muy poco y no tenía capital para garantizar un arriendo de esa magnitud. Ahí la conversación dejó de ser una idea.

Faltaba un nombre. Probé Armacom, y visto desde hoy es evidente que mi cabeza estaba tratando de sonar parecida a las empresas que conocía. Quedó ARMATEC Montajes. Después, en entrevistas, más de alguien me ha dicho que es un nombre inteligente, armar más tech. Ojalá hubiera sido tan calculado. La verdad es mucho más simple: necesitaba un nombre y listo.

Para cotizar tuve que explicar qué estaba imaginando. Hice un mono en un cuaderno cuadriculado (rayas, puntos, diagonales) tomando como referencia el andamio tradicional que sí conocía y algo de Dibujante Proyectista, cuando nos hacían modular puentes en maqueta. En mi cabeza era simple: una mesa, otra arriba, otra, otra, hasta los veintitantos metros. Como los fierros venían en medidas estándar y los verticales medían cerca de dos metros, podía calcular cuántos cuerpos necesitaba. Pedí cotizaciones, sumé transporte, arriendo, montaje, desmontaje, y presenté una propuesta ARMATEC un poco más barata que las alternativas, cobrada en UF. Eligieron ARMATEC.

Hasta ese segundo, ARMATEC había sido una línea en una presentación. En el instante en que dijeron que sí, dejó de serlo, y ahí caché en qué me había metido. Había vendido algo que todavía no existía, con una experiencia que no tenía, a un cliente real, por una plata real. Los había engrupido, sin querer engrupirlos, pero los había engrupido igual. Ya no había vuelta atrás sin quedar como el que se lo había inventado todo. Tenía que hacer que la cuestión resultara.

Pedí mis cosas de Dibujante Proyectista sin saber ni dónde las había guardado. Nunca fui buen estudiante y cualquier ramo con matemáticas o física nunca fue mi fuerte, menos con el TDAH de por medio. Pero con cargas, rectas y diagonales me pasaba algo distinto: podía verlas. Con los puentes, en clases, se me hacía natural. Hasta hoy me pasa.

El material tenía módulos estándar de aproximadamente 2,30 por 2,30 metros y cuerpos de dos metros de altura. Empecé de abajo: cuatro bases, cuatro niveladores, cuatro verticales como las patas de una mesa, horizontales, diagonales, otro cuerpo, y otro. Después hacía el camino contrario, cargándolo desde arriba. Tenía claro un objetivo: llegar a cero en las cuatro patas, que la carga se distribuyera por verticales y diagonales hasta terminar abajo repartida en partes iguales. Calculaba, borraba, volvía a empezar, hasta que daba cero. No estaba pensando en Newton ni en Euler. Estaba tratando de que la cuestión no se cayera. Y de entender qué piezas pedir entre la variedad enorme que tiene un multidireccional, porque cada elemento agregaba peso y yo todavía no tenía una idea real de cuánto podía soportar el conjunto.

Pasé dos noches sin dormir solo en esa parte estructural. El cálculo daba, eso me tranquilizaba un rato, hasta que me acordaba de quién lo había hecho. Y mientras más avanzaba, más metido estaba. Ya no era una idea que podía soltar si se ponía difícil, era un cálculo con mi nombre debajo que otras personas iban a usar para subir veinticuatro metros.

La pieza que terminó de resolver el problema fue la escalera. El accidente había ocurrido con alguien subiendo por fuera; eso era lo que había que eliminar. En el sistema multidireccional la escalera iba por dentro, en zigzag, dentro de la propia estructura. La persona podía subir permaneciendo adentro. Ahí pensé, por primera vez, que quizás habíamos encontrado algo.

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Mientras yo estaba en dibujos y cálculos, Tío Víctor y Tío Jaime resolvían otro problema: gente, viajes, flete, logística. Yo no conocía a los montajistas; ellos sí. Los Corvalán sumaron más personas acostumbradas a trabajar en altura. Tío Jaime puso el cheque y las garantías. Apareció Andecorp, un proveedor más accesible en Antofagasta. El material se arrendaría, porque comprarlo no era una opción. Y Tío Víctor pidió vacaciones en su propio trabajo para viajar al norte. Cada nombre que se sumaba a esa lista era un compromiso más. Ya no era solo mi cálculo el que podía fallar; ahora había gente viajando y arrendando material por algo que yo había dibujado en un cuaderno.

Eso hoy tiene otro peso para mí. Tío Víctor falleció años después y me da pena que no alcanzara a ver en qué terminó convirtiéndose todo esto. Fue quien me ayudó a entender qué estaba mirando cuando ni siquiera sabía cómo se llamaba ese andamio, quien creyó que se podía intentar, quien consiguió a la gente y quien pidió vacaciones para ir a jugársela por una idea que existía sobre todo en la cabeza de un cabro de 27 años, malo para los cálculos, que nunca había montado un multidireccional.

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Tío Víctor

El primer ensayo no fue en una bodega ni en un patio. No hubo prototipo ni versión de prueba. Fue el sitio real: AN097 Nicolás Tirado, 24 metros, 25 de enero de 2009.

Yo no viajé. Seguía trabajando dentro de Ericsson y nadie podía saber cuánto me importaba que aquello funcionara. Había presentado ARMATEC como una empresa que sabía hacer eso, con experiencia, con multidireccional. No podía aparecer preguntando cada cinco minutos cómo iba el montaje. Me quedé frente al computador, haciendo como que trabajaba, sin ver nada de lo que pasaba, mientras en el norte Tío Víctor, Tío Jaime y los montajistas recibían el material y empezaban a levantar la estructura frente a técnicos que miraban a la empresa nueva que había llegado con una solución para un problema que tenía todo detenido. No tenía visión de nada, no había forma de asomarme a lo que estaban haciendo mis cálculos en manos de otros, y mientras más avanzaba el montaje sin que yo pudiera ver ni intervenir, más profundo sentía que me había metido.

El montaje duró cerca de cuatro horas. Para mí fueron eternas. Al principio llamaba para preguntar cómo iban; después empecé a imaginar. Son 24 metros, casi un edificio. Hay cuatro personas montando fierros siguiendo una modulación que hice yo. ¿Qué pasa si estaba equivocado? ¿Qué pasa si entendí mal algo? ¿Qué pasa si la estructura no soporta? ¿Qué pasa si ellos interpretan distinto el dibujo? ¿Qué pasa si una pieza cede? ¿Qué pasa si esta cuestión se cae? Me vi a los cuatro arriba, el andamio cayéndose, y a mí tratando de explicar por qué había personas muertas dentro de una estructura que existía porque se me había ocurrido a mí. Me veía detenido. Procesado. Responsable de la muerte de cuatro personas. Sé que suena extremo, pero eso era exactamente lo que estaba pasando dentro de mi cabeza. ¿Qué cresta hice? Todo esto había empezado porque una persona había muerto, y ahora yo esperaba saber si la solución que había diseñado para que no volviera a pasar podía terminar provocando otra tragedia.

No podía contárselo a nadie. No dentro de Ericsson, y en mi casa tampoco era fácil explicarlo. Hacía poco que Anto, mi hija de tres años, se había venido a vivir conmigo. Esas semanas me quedaba hasta tarde con cálculos y dibujos y volvía de madrugada en los mismos radiotaxis que usábamos para mover llaves de sitios. Mi mamá me veía llegar y no me creía cuando le decía "mamá, estoy trabajando en un proyecto"; durante años me había visto carretear suficiente como para saber que yo también había usado más de alguna excusa para sacarme los pillos. Esta vez era verdad, y me daba una mezcla rara de pena y rabia que justo esta vez no me creyera, porque yo mismo estaba viviendo algo que costaba creer.

No tenía dónde caerme muerto. Tenía una hija de tres años y sabía que si aquello salía mal, y se sabía que yo estaba detrás, mi carrera en telecomunicaciones se terminaba ahí. Había hipotecado todo y ya no podía retroceder.

Miraba el teléfono. Miraba el computador. Trataba de trabajar y no podía. Me dolía la guata. Muchísimo.

Hasta que sonó. Era Tío Jaime. Sin discurso, sin ceremonia:

—El AN097 Nicolás Tirado está montado.

No supe si llorar o reírme. Tampoco pude celebrar. Me quedé sentado frente al computador, como si estuviera haciendo algo, aunque ese día ya no trabajé más.

Lo que empezó como cinco sitios pendientes terminó, ese mismo año, en más de 400 montajes y más de un millón de dólares de facturación. Meses después, en abril, un informe técnico de otra faena en Santiago advertía sobre diagonales sueltas en un andamio que "podían provocar un accidente fatal, debido a que la estructura puede colapsar". No era una preocupación mía exagerada. Era exactamente el riesgo que había pasado dos noches sin dormir tratando de calcular hasta llegar a cero.

Ese 25 de enero yo no sabía nada de lo que vendría. Tampoco sabía que aquello a lo que le habíamos puesto ARMATEC casi a la rápida iba a ocupar los siguientes diecisiete años de mi vida. Sabía solo una cosa: el AN097 estaba arriba.

Lo que vino después terminó construyendo buena parte de mi vida. Pero esa es otra historia.

*Artículo publicado originalmente en Boletín Armatec de LinkedIn