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# 03.- Alambre
- URL: https://www.fierreros.cl/alambre/
- Published: 2026-10-02T15:48:24.000Z
- Updated: 2026-10-09T22:32:35.000Z
- Description: En 2013, el primer montaje de Armatec en Punta Arenas terminó con una pieza de acero volando hasta el techo de un vecino. Ricardo Allel cuenta cómo el viento magallánico los obligó a volver a lo más simple para resolverlo.
- Author: Ricardo Allel
- Tags: Ricardo Allel, Serie 17 años, Telecomunicaciones

La primera vez que fui a Punta Arenas fue por trabajo. Era el invierno de 2013 y teníamos que hacer nuestro primer montaje allá. Como era una operación distinta a cualquiera de las que habíamos hecho hasta ese momento, decidí viajar unos días antes para conocer el lugar, revisar las condiciones y dejar todo lo más programado posible antes de que llegaran el equipo y el material.

Ese primer día hubo algo que me llamó la atención. Cerca de la Plaza de Armas vi unas cuerdas amarradas entre postes. Seguí caminando y más allá vi otras. No entendía para qué estaban ahí, hasta que terminé preguntándole a un colectivero, que me respondió con esa naturalidad tan magallánica con que alguien explica algo absolutamente cotidiano, aunque para el que viene llegando suene completamente absurdo.

*—No hay magallánico que no tenga un hueso quebrado por el viento.* Dijo

Y después agregó que a los niños no los dejan cruzar solos, porque se pueden volar.

No sé si habrá exagerado un poco para asustar al santiaguino que venía llegando, pero cualquiera que haya estado un día de viento en la esquina de José Fagnano con la Plaza de Armas, prácticamente a los pies del edificio de ENAP, sabe perfectamente de qué estoy hablando. Yo todavía, en ese minuto, no lo sabía.

Habíamos trabajado bastante antes de llegar hasta ahí. Conocíamos Chiloé y esa lluvia que parece venir de lado, la Araucanía, el norte, los caminos difíciles, las torres de acceso complicado. Y sobre todo llevábamos un par de miles de montajes en el cuerpo. Por eso viajé tranquilo. Sabía que Punta Arenas iba a ser más complejo, no era ingenuo, y precisamente por eso había decidido ir antes a revisar personalmente el sitio. Pero en mi cabeza seguía siendo eso, un montaje complejo.

Me imaginaba bajando del avión, pasando por el Kiosco Roca a tomar desayuno (choripán con leche con plátano), haciendo el montaje, quizás comiendo una centolla en Sotito's y, si todo salía como estaba planificado y me quedaba algo de tiempo, arrancándome a conocer Torres del Paine.

Mientras escribo estas palabras me río para adentro y me siento bastante estúpido. Porque después de un par de miles de montajes uno empieza a cometer un error bastante humano, que es confundir la experiencia con saber lo que va a pasar. Yo estaba a punto de descubrirlo.

El primer problema ni siquiera fue montar, fue llegar. Había que mover cerca de cuatro mil kilos de fierro desde Santiago. El material llegaba primero a Puerto Montt y desde ahí tenía que embarcarse en un ferry que salía una vez por semana, siempre que el clima diera permiso. Si no daba, había que esperar la siguiente salida. Cuando uno viene de Santiago y está acostumbrado a pensar que un atraso logístico significa unas horas, o a lo sumo un día, Magallanes empieza rápidamente a explicarte que funciona con sus propias reglas. No por nada uno escucha hablar, medio en serio y medio en broma, de la República Independiente de Magallanes. Nosotros aprendimos bastante rápido por qué.

No podíamos mantener nuestro camión detenido indefinidamente, así que tuvimos que dejar el material en Puerto Montt y contratar un flete que hiciera el viaje cuando finalmente pudiéramos embarcar. Hasta ahí ya nos habíamos equivocado bastante en nuestros cálculos, pero faltaba. Cuando el ferry llegó a Punta Arenas teníamos que descargar y hacer que el camión alcanzara a embarcarse de vuelta esa misma tarde. Nos demoramos y perdimos el ferry. El próximo salía en siete días. El fletero nos había advertido y nosotros todavía no habíamos entendido dónde estábamos, así que tuvimos que pagarle una semana completa de estadía. Todavía no habíamos puesto un solo cuerpo de andamio y Punta Arenas ya nos estaba cobrando el derecho a aprender.

Después vino el montaje. El primer día empezó con lluvia y siguió con aguanieve. Se abrió una pequeña ventana, corrimos a la torre y alcanzamos a avanzar algo antes de que volviera el mal tiempo y tuviéramos que bajar. Al día siguiente pasó prácticamente lo mismo. Cuando no había lluvia había nieve, cuando no había nieve había viento, y casi todo el tiempo estaban las tres juntas. Miraba a nuestros fierreros trabajando y pasé esos días con la guata apretada, pensando que esa cuestión no se iba a acabar nunca.

No quedaba mucho más que hacer que estar al lado de la torre y esperar que amainara, y apenas Punta Arenas nos regalaba una ventana, subir y avanzar todo lo que pudiéramos antes de que la cerrara de nuevo. Lo que normalmente nos podía tomar unas tres horas terminó tomando tres días.

Ahí se acabó el viaje que yo había imaginado. No hubo Torres del Paine ni mucho tiempo para pensar dónde cenar. El Kiosco Roca dejó de ser parte de mi itinerario y se convirtió en algo bastante más práctico, comer un choripán, tomarme una leche con plátano y volver a mirar el cielo para ver si podíamos seguir trabajando. Punta Arenas hizo exactamente lo que quiso, y ahí entendí algo que después se volvió importante para nosotros. Hay lugares donde uno no manda. Cuando Punta Arenas decía que no se trabajaba, no se trabajaba.

Hasta ese momento ya había visto muchos montajes complejos, nuestro trabajo de por sí lo es, y muchas veces miro a los fierreros moverse sobre las estructuras y pienso que parecen artistas de circo trabajando a decenas de metros del suelo. Pero esos tres días fueron otra cosa.

Esa noche estábamos todos en el hostal, mojados, cansados y con frío. Uno podría imaginar que después de tres días peleando contra el clima hubo alguna celebración. No hubo ninguna. Comimos prácticamente en silencio, sin saber si estar contentos porque habíamos terminado o molestos porque algo calculado en horas nos había tomado tres días. No hubo brindis ni grandes conversaciones. Un buenas noches y a dormir. Al día siguiente nos volvimos a Santiago.

Habíamos sobrevivido a nuestro primer montaje en Punta Arenas. O eso pensábamos.

Poco después recibí una llamada. Se estaban volando partes del andamio. No entendía nada, porque habíamos tomado más precauciones de las habituales. Una torre que normalmente podía llevar tres amarras tipo gato la habíamos reforzado con cinco, habíamos aumentado diagonales, habíamos revisado la estructura, y yo había insistido varias veces en que las plataformas quedaran aseguradas con las amarras plásticas gruesas que usábamos precisamente para evitar este tipo de problemas.

Mi primera reacción fue preguntar si habían puesto las amarras. Fuimos a las fotografías y ahí estaban, todas puestas. Por un momento pensé cualquier cosa, incluso que alguien se hubiera subido a cortarlas. Era absurdo, pero tampoco encontraba otra explicación, hasta que entendimos que Punta Arenas todavía no había dado su brazo a torcer.

El viento había cortado las amarras plásticas y había levantado piezas de acero que hasta ese momento nosotros simplemente no concebíamos que pudiera levantar. Una de ellas terminó ensartada en el techo de un vecino, a una cuadra de donde estaba la torre.

Cuando uno piensa en una pieza de acero cayendo desde treinta metros de altura deja rápidamente de pensar en costos. Eso es un misil. Por suerte no tuvimos que lamentar algo mucho peor.

Junté nuevamente al equipo y les dije que nos íbamos. Dos días después estábamos otra vez arriba de un avión camino a Punta Arenas. Llegamos, fuimos a sacar el tablón que había quedado ensartado en el techo y volvimos al sitio con una pregunta bastante básica. ¿Y ahora qué hacemos?

Habíamos reforzado la estructura, habíamos puesto más amarras, habíamos usado las plásticas gruesas. Habíamos hecho todo aquello que hasta ese momento nuestra experiencia nos decía que había que hacer, y no había bastado. Entonces tuvimos que volver a algo que probablemente creíamos haber superado, algo bastante menos sofisticado. Alambre. El viejo y querido alambre. Terminamos amarrando las plataformas con alambre y funcionó.

Pero Punta Arenas nos dejó bastante más que una nueva forma de asegurar una plataforma. Nos mostró que, aun llevando años y miles de montajes en el cuerpo, todavía sabíamos muy poco de todo lo que Chile podía ponernos por delante. Tuvimos que cambiar la forma de programar y la forma de calcular los costos, entender que había lugares y épocas donde una amarra plástica simplemente no bastaba, aprender a mirar el clima de otra manera y entender que no podíamos seguir dependiendo de mover toneladas de material desde Santiago cada vez que necesitáramos trabajar en el extremo sur. De esa experiencia salió incluso una decisión bastante más grande que ese montaje. Abrimos una bodega en Puerto Montt.

Todo por un trabajo que, financieramente, había sido un desastre. Ese primer montaje en Punta Arenas lo pagamos nosotros, literalmente. Entre esperas, fletes, viajes, estadías, errores y tener que regresar a resolver lo que no habíamos previsto, los costos superaron por lejos lo que habíamos presupuestado y cobrado. Perdimos plata, pero compramos experiencia.

Y con los años entendí que esa experiencia no viene con una receta, porque en terreno las recetas no existen. Lo que funcionó ayer puede no bastar mañana. Cambia el lugar, cambia el clima, cambia la tecnología, cambian los riesgos, y de vez en cuando aparece algo que ninguno había considerado.

Pasaron los años. Seguimos trabajando en Punta Arenas y aquello que la primera vez había sido extraordinario empezó a formar parte de nuestra operación, hasta que llegó agosto de 2021\. Recuerdo las noticias sobre las ráfagas que pasaron los cien kilómetros por hora en Magallanes, con alerta amarilla, techumbres volando y miles de clientes sin electricidad, y sentí inmediatamente algo que no esperaba. Volví mentalmente a aquel primer montaje, porque justo teníamos una estructura instalada allá.

Habían pasado años, teníamos experiencia, protocolos, conocíamos mucho mejor la zona. Pero la imagen de aquella pieza ensartada en un techo seguía ahí, y apareció nuevamente la pregunta. ¿Aguantará? Reconozco que por un momento pensé que iba a tener que subirme otra vez a un avión.

No pasó nada. El montaje aguantó, las plataformas siguieron donde tenían que estar y el alambre también.

Sería bastante arrogante terminar esta historia diciendo que desde entonces aprendimos cómo trabajar en Punta Arenas y asunto resuelto. No funciona así, y si algo me enseñó Punta Arenas fue exactamente lo contrario. Lo hemos vuelto a ver ahora, con fenómenos que durante años asociamos a determinadas zonas apareciendo con intensidades inesperadas en lugares donde antes no eran habituales. El sistema frontal de julio nos lo recordó en Coquimbo, donde cerca de la mitad de la red móvil de la región quedó fuera de servicio y donde nadie tenía guardada esa hipótesis en el cajón de las cosas probables.

El territorio cambia, el clima cambia, y nosotros tenemos que cambiar con ellos. Hoy hay carros móviles que ayudan a recuperar conectividad cuando una red se cae, y son útiles, aunque ninguna herramienta por sí sola resuelve una emergencia. Lo que sí puede hacer cada emergencia es dejarnos algo para la siguiente, sin que eso nos autorice a creer que ya conocemos la receta.

Cuando vuelvo a Punta Arenas, aquellas cuerdas que me sorprendieron la primera vez ya son mucho menos visibles. En varios lugares fueron reemplazadas por pasamanos de acero. Los magallánicos hicieron lo que llevan haciendo toda la vida, que no es ganarle al viento sino aprender a convivir con él. Nosotros tampoco le ganamos sino que aprendimos a respetarlo.

Y me causa gracia pensar que aquel primer viaje terminó dejándome dos soluciones tremendamente simples. Los magallánicos tenían una cuerda para afirmarse cuando el viento decidía mandar. Nosotros terminamos recurriendo a algo igual de simple para que nuestras plataformas no salieran volando.

A veces innovar significa crear algo que antes no existía. Otras veces significa tener la humildad suficiente para reconocer que una solución vieja todavía resuelve perfectamente un problema nuevo.

Hoy hay pasamanos donde antes había cuerdas. Nosotros tenemos datos, pronósticos, procedimientos y años de experiencia donde antes teníamos muchas más preguntas. Seguramente todo seguirá cambiando. Pero cuando Punta Arenas vuelva a decir que manda ella, revisaremos el clima, los datos, la estructura y cada amarra.

Y después, probablemente, volveremos a lo más simple.

\*Texto publicado originalmente en el [Boletín Armatec en LinkedIn](https://www.linkedin.com/pulse/alambre-ricardo-allel-zjczf/?ref=fierreros.cl)