02- A los camiones

En marzo de 2020, mientras el país se encerraba, las cuadrillas de Armatec siguieron saliendo a reparar antenas. Ricardo Allel recuerda la tarde en que se los dijo en el patio, y la respuesta que no esperaba

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02- A los camiones

De la madrugada del 27 de febrero de 2010 recuerdo exactamente dónde estaba parado. De marzo de 2020 no. Aquello no llegó de golpe, se fue acercando durante semanas mientras lo mirábamos por televisión con la certeza de que no iba a llegar hasta acá.

Primero apareció en Asia. Después Europa empezó a cerrar ciudades completas, y en algún momento Italia dejó de parecer un país para convertirse en una sucesión interminable de ambulancias y camiones militares transportando ataúdes. Lo veíamos con esa tranquilidad extraña con la que uno mira por televisión las tragedias que ocurren lejos.

Hasta que, como ya sabemos, las imágenes de la TV dejaron de estar lejos.

El primer caso confirmado en Chile apareció, para variar, en Talca. Siempre hemos dicho en broma que en Talca pasan cosas difíciles de explicar, y esa vez el chiste se nos quedó atravesado.

Desde ese 3 de marzo de 2020 con el primer caso confirmado y durante tres años y medio, es decir, hasta el 31 de agosto de 2023, cada mañana en Chile se repitió el mismo ritual de conteo y corte oficial de datos. Muy temprano se reunía el comité de crisis en La Moneda y horas después aparecía el ministro de Salud junto a Paula Daza para entregar el balance diario, que era menos una conferencia de prensa que un parte de guerra. Millones de personas lo esperábamos frente a la pantalla, buscando conocer los contagios nuevos; la triste cifra de los fallecidos; las camas UCI que quedaban disponibles y la lista de comunas que entraban en cuarentena para dar con alguna respuesta a la única pregunta que importaba. ¿Cuándo iba a terminar todo esto? Pero esa respuesta, a ciencia cierta, nadie la tenía.

Mientras tanto las ciudades se vaciaban. Desaparecieron los abrazos, cerraron los colegios, se cancelaron los viajes y las familias aprendieron a mantenerse lejos precisamente porque se querían. Yo dejé de ver a mis papás durante toda la pandemia. El miedo más grande no era contagiarme yo, sino que el miedo era ser quien los contagiara a ellos.

En Armatec empezó otro silencio. Los primeros en irse fueron todos quienes podían seguir trabajando desde sus casas, administración y el área comercial, y la oficina se fue vaciando hasta que quedamos muy pocos. El jefe de Operaciones, Prevención de Riesgos, y yo. Y por supuesto las cuadrillas. No era una empresa cerrando sino adaptándose a ser una empresa preparada para entrar en la tormenta.

En ese contexto había una conversación que ya no podía seguir postergando.

Nos reunimos en el patio. No recuerdo el día exacto, pero sí recuerdo perfectamente cómo se sentía ese momento, con todos sabiendo que aquello podía durar semanas o años y nadie sabiendo realmente contra qué estábamos peleando. Los miré y les dije lo poco que tenía. Que no sabía qué iba a pasar. Que si alguno prefería quedarse en su casa cuidando a su familia lo iba a entender completamente, que nadie perdería su trabajo y que no habría represalias ni descuentos de ningún tipo. Era una decisión profundamente personal y cualquiera que fuera esa decisión iba a contar con mi respeto.

También les dije que yo seguiría yendo todos los días, y me pareció importante aclarar por qué. No era por sugerir un acto de valentía, porque tenía exactamente el mismo miedo que ellos y sentía que ese era mi lugar, que son dos cosas que pueden convivir sin problema.

Después guardé silencio.

Nadie habló durante unos segundos. Y entonces alguien rompió ese silencio.

—Ya… a los camiones.

Otro respondió enseguida.

—Vamos, a los camiones.

Y comenzaron a caminar. Nadie los llamó y nadie tuvo que convencerlos. Yo me quedé en la oficina, y no falté ni un solo día de los que vinieron. Era mi trabajo, nada más.

En esos días apareció una expresión que hasta entonces nunca había significado gran cosa para mí: Servicios esenciales.

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Yo decía que montábamos andamios. Eso era lo que hacíamos, o eso creía. Pero empezaron a llegar los permisos especiales, y entre el toque de queda, los cordones sanitarios y los controles resultó que nosotros podíamos circular por las calles cuando millones de personas debían quedarse encerradas. Si eso era así, era porque había algo en nuestro trabajo que el país no podía permitirse detener. Nunca había sentido el peso de esas dos palabras que se incorporaron al vocabulario de forma natural. Tampoco hice entonces ninguna gran reflexión al respecto, simplemente seguí trabajando.

Trabajar tampoco era fácil. Las antenas no estaban en lugares vacíos, que es lo que la gente imagina desde afuera. Muchas estaban dentro de empresas y de condominios, algunas en el patio de una casa. Y nadie quería abrir la puerta, con toda la razón del mundo, porque todos tenían miedo. Había que mostrar permisos, explicar quiénes éramos, esperar, volver a explicar.

Mientras esa conversación ocurría en la reja, el país entero dependía de lo que había del otro lado. El mundo ya no se encontraba en persona, se encontraba a través de una pantalla, y por esa pantalla pasaban las clases, las reuniones, las consultas médicas y también las despedidas o los reencuentros. Todo pasaba por una conexión. Detrás de esa conexión había una antena, y detrás de esa antena había una cuadrilla intentando llegar hasta ella.

El miedo tampoco terminaba cuando acababa la jornada, ahí empezaba otro. Llegar a la casa era casi un ritual. La ropa quedaba afuera, los zapatos también, y me lavaba las manos una y otra vez. Había días en que me quedaba unos segundos parado antes de abrir la puerta con una sola cosa en la cabeza. ¿Y si hoy traje el virus conmigo?

No existía un manual para eso. Al día siguiente volvíamos a salir.

Con el tiempo mucha gente me ha preguntado cómo fue trabajar durante la pandemia, y siempre siento que esperan una historia de héroes. Nosotros nunca sentimos que estuviéramos haciendo algo extraordinario. Hicimos nuestro trabajo, el mismo que habíamos hecho antes y el mismo que seguimos haciendo hoy. Reparábamos antenas cuando había que repararlas y montábamos andamios cuando había que montarlos. Volvíamos a la casa con miedo, como cualquier persona, y al día siguiente repetíamos exactamente lo mismo, porque nadie más podía hacerlo por nosotros.

Pasó bastante tiempo antes de que entendiera lo que habíamos vivido, y ocurrió mucho después de que todo terminara.

En 2021 Armatec fue reconocida como finalista de la Edición Especial del Premio Pyme Carlos Vial Espantoso, creada para destacar a las empresas que en medio de la pandemia lograron cuidar a sus trabajadores y mantener la continuidad de sus operaciones. Recuerdo mirar ese reconocimiento con la sensación de que en realidad hablaba de otra gente. De miles de personas que desde distintos lugares del país siguieron haciendo su trabajo cuando el resto del mundo se detuvo.

Y recién entonces entendí algo que había tenido delante todo el tiempo.

Nosotros nunca habíamos montado solamente andamios. El andamio era el medio para otra función, quizá mayor que lo que podíamos ver a simple vista, y esa otra función era ayudar a mantener conectadas a las personas. Entonces una antena dejó de ser una estructura de acero y se convirtió en una llamada entre una madre y su hijo, en una clase, en una consulta médica, en una empresa que seguía funcionando, en una videollamada de despedida, en un país entero intentando seguir adelante.

Años después esa idea comenzó a llamarse infraestructura crítica. Durante la pandemia todavía hablábamos de servicios esenciales, pero el fondo era el mismo. Había infraestructuras que no podían detenerse y había personas que tampoco.

Hoy, cuando alguien me pregunta a qué se dedica Armatec, ya no respondo que montamos andamios, porque esa respuesta cuenta apenas una parte. Prefiero decir que ayudamos a mantener operativa una infraestructura de la que millones de personas dependen todos los días sin pensar nunca en ella. Es exactamente lo que ya estábamos haciendo en marzo de 2020, sin saberlo.

Nosotros no cambiamos durante la pandemia. Seguimos haciendo el trabajo que sabíamos hacer mientras el mundo se detenía.

Durante los meses que siguieron, esa frase se repitió casi todas las mañanas. Alguien la decía, otro la repetía, y treinta minutos después el patio volvía a estar vacío.